
En una sala redonda casi vacía hay sólo cuatro sillones pegados a la pared formando los ángulos de un cuadrado circunscrito. Vidrios de colores en lo alto de la sala permiten que la luz del sol entre decorando el ambiente y un pasadizo circular conecta varias puertas de madera barnizada que se aprecian en el segundo piso como si fueran ventanas de catedral. Todo está pintado de blanco, el lugar es muy bonito.
Cada uno se ubica en los 4 sillones grandes claramente distanciados. En un sillón, la señora con su esposo, sus dos hijos y un familiar cercano comienzan a rezar pidiendo por la mejoría de alguien que al parecer no se encontraba con ellos en ese momento, ya debería de haber entrado. Tienen apariencia humilde y lo digo por los polos sucios de los pequeños, no por el sombrero ni el manto de la señora con trenzas como las de mi abuela. Están tomados de las manos con los ojos cerrados, supongo que así Jesús te escucha mejor.
En el 2do sillón hay una señora elegante hablando con quien parece ser su hija. La chica aparenta unos 28 años, 7meses y 20 días, se le nota alegre, entusiasmada y le explica a su mamá la función de la mielina en las células nerviosas con mucha veracidad. Tiene un polo celeste veraniego de esos que se terminan con detalles en los hombros y que dejan ver las tiras del sostén negro que llevaba. Un buso azul marino deportivo y unas zapatillas muy bonitas de color fucsia, totalmente limpias, como nuevas, como si nunca hubieran tocado el suelo, así como en ese mismo momento, pues la silla de ruedas mantenía sus mega zapatillas en alto, sin mancha y sin movimiento.
En el 3er sillón no hay nadie, al costado hay un joven también en silla de ruedas que aparenta unos 25 años. Es muy guapo. Viste un jean azul oscuro, zapatillas negras (curiosamente igual de limpias) y un polo negro que combina con su varonil barba perfectamente distribuida en su bello rostro níveo, sus ojos pardos eran ligeramente rozados por su oscuro cabello lacio que asomaba cada vez que se cogía la cabeza. "La debe tener grande" pensaba inocentemente mientras lo veía, pues se parece mucho a mi compañero de cuarto de cuando estaba internado hace 4 años en el centro de rehabilitación, un chico cuadriplégico de 1.82m muy atractivo a quien bañaban en las mañanas con pleno priapismo. Sí, así me di cuenta que la tenía grande.
En el 4to sillón me encontraba yo. Mi mamá se había quedado dormida a mi costado y mi papá tenía mis bastones entre sus piernas mientras ordenaba todos los papeles que habíamos llevado. Saqué una hoja en blanco, un lápiz con borrador incluido y me puse a resolver unas ecuaciones diferenciales a modo de practicar para mi examen que tenía al día siguiente. Estaba vestido con un polo celeste, un buso negro y unas zapatillas negras muy dañadas de tantos pasos torpes y ortésicos deformadores de calzado.
Veía de reojo a la señora de trenzas y a su familia, a la chica alegre en su silla de ruedas y al guapo chico pensativo. Sabía que algo nos había reunido ese día, pensaba que desde que nacimos estábamos predestinados a encontrarnos en la misma sala de espera de una clínica que promocionaba algo que otras no prometían. La solución que estábamos buscando estaba en las palabras de un doctor que esperaba en la habitación terminando la sala redonda en la que nos encontrábamos. Ya no tenía sueño, ya no quería pensar en lo que iba a decirle al doctor, ya no quería ni hacer las ecuaciones, sólo quería quedarme mirando el techo de vidrio de aquella sala redonda tan bonita, cerrar los ojos y perderme en el silencio pues no tenía idea de lo que podía suceder, pero en eso me llaman.









