Era ya el vigésimo día desde que había comenzado a nevar por primera vez en el pueblo de Taycun. La festividad de los más pequeños que bailaban entre la lluvia blanca y armaban sus "hatos" con techos de paja y hojas de molle había ido cesando con los días. Cada vez que sus padres regresaban con lo poco que habían podido recuperar de las chacras cubiertas de hielo su espíritu también se apagaba al ritmo de la fogata que calentaba sus frías viviendas y sus barrigas vacías.
Varias hectáreas de maizales torcidos y destrozados eran recorridos una y otra vez tratando de encontrar el alimento del día que con el tiempo pasó a ser de la semana. Muchas crías de los ganados habían muerto congeladas pasada la tercera noche, no habían dormideros en el pueblo, nunca habían sido necesarios. Las vacas habían dejado de producir leche por las bajas temperaturas y muchos animales que bajaban al río Puñuy no podían beber del agua congelada, morían de sed.
Yarjawuachkan / Tengo hambre - Le dice Lázaro a su hermana mayor
Marce lo acuesta entre sus faldas y le dice que cuando pase la nieve todo volverá a ser como antes y volverán a disfrutar de todo lo que la tierra de Taycun les daba; como cuando cruzaban el río y encontraban unos mantos de tierra roja enormes que solo al acercarse descubrían las tunas que brotaban durante todo el año en esas tierras de abundancia insólita o cuando traían la leche del ganado en grandes baldes que tenían que alejar de su hermano Leo que solía meter todo el rostro cada vez que los encontraba, desatando la furia de su padre a correazos.
Era de noche y la nieve seguía cayendo. Llegan doña Juana y don Gregorio pero ante la expectativa de los niños solo el silencio y sus manos vacías indicaban que todo afuera seguía igual. Los acompañan al centro de la casa y al rededor del fuego se ven los rostros ensombrecidos.
¡Micuyta munani! / ¡Quiero comer! - Reclama Leo
Manan yaku kanchu / No hay agua - Dice Marce
Wiksay nanamuan / Me duele el estómago - susurra Lázaro
Se le partía el corazón a doña Juana no poder preparar nada para sus pequeños y la mirada de don Gregorio fija sobre la candela reflejaba la impotencia de no poder llevar el pan a la casa, como si una blanca maldición hubiera asaltado su pueblo sin mayor aviso que unos luminosos aros de colores en el cielo que se suponía daban felicidad; "no todo lo que brilla es oro" piensa y a pesar de que ellos no conocían de dinero nunca habían experimentado la mayor de las tristezas, el hambre.
De repente doña Juana se pone de pie y comienza a cantar:
¡Takisum, takisum, ama llakikuichu taitai, tususum tususum, ñoja kani yurac huayta...!
¡Cantemos, cantemos, no estés triste papá, bailemos, bailemos, yo soy la flor blanca...!
Don Gregorio que parecía haber despertado de un trance se queda sorprendido de ver a su esposa repentinamente tan alegre a pesar de que la nieve seguía cayendo, la ve bailar en frente de los niños y solo atina a seguir su melodiosa voz aplaudiendo con el mismo ritmo. Marce salta de alegría del piso cogiendo sus faldas y se pone a bailar junto a su mamá levantando el polvo al zapatear la tierra. Leo festeja y cogiendo dos ramas las frota haciendo con su boca el sonido de violín, don Gregorio toma la vacía caja de pan como si fuera un tambor y se pone también de pie para bailar junto a su esposa. Al frente de ellos Lázaro aún está echado cogiéndose la barriga pues no había probado alimento hace días, siente que su cuerpo se enfría y que un sueño eterno se quiere apoderar de él. Recuerda lo que dijo la anciana el primer día que nevó: "Al parecer la muerte no siempre se viste de negro", aunque no estaba seguro de lo que significaba eso. Tiene mucho sueño, pero el espectáculo al frente suyo es incomparable, todos están alegres, bailando, jugando y engañando al hambre con instrumentos de madera y los cánticos de su madre que se le queda mirando...
Lazarucha, jamuy! / Lázaro, ven!
El niño era callado y débil pero siempre obediente. Se pone de pie, se para al costado de su mamá y al verla tan alegre a pesar de que posiblemente haya pasado más días sin comer que él y sus hermanos, se da cuenta de que no todo es tristeza en esa noche, una noche helada que no sabían cuándo iba a acabar, no sabían si volverían a comer mañana o si la nieve los sepultaría, lo único que sabían era que estaban juntos y que el calor de la fogata no era lo único que mantenía la vida en esa pequeña casa de piedras ubicada en la esquina de la plaza del recóndito pueblo de Taycun...
... Al día siguiente, dejó de nevar.






